subrayo mis libros con un boli azul celeste

(…) Me parece innecesario aclarar que no estoy en contra de tal igualdad; pero los aspectos positivos de esa tendencia a la igualdad no deben engañarnos. Forman parte del movimiento hacia la eliminación de las diferencias. Tal es el precio que se paga por la igualdad: las mujeres son iguales porque ya no son diferentes. (…) La polaridad de los sexos está desapareciendo, y con ella el amor erótico, que se basa en la diferencia de dicha polaridad. Hombres y mujeres son idénticos, no iguales como polos opuestos. La sociedad contemporánea predica el ideal de la igualdad no individualizada porque necesita átomos humanos, todos idénticos, para hacerlos funcionar en masa, suavemente, sin fricción; todos obedecen las mismas órdenes, y, no obstante, todos están convencidos de que siguen sus propios deseos. Así como la moderna producción en masa requiere la estandarización de los productos, así el proceso social requiere la estandarización del hombre, y esa estandarización es llamada “igualdad”.

Fromm, Erich: El arte de amar

(…) Los adolescentes que fuman, beben, se suicidan, asumen demasiados riesgos, sufren alteraciones alimenticias o son sexualmente promiscuos, por lo común, tienen padres o modelos adultos con hábitos autodestructivos similares. En comparación con el poder que tienen los medios de comunicación, el de los padres es tan grande que cualquier crianza razonablemente buena vuelve insignificante la influencia mediática.

Nuestra mayor herramienta como padres es servir de modelos. Es importante qué les decimos a nuestros hijos, qué límites y sanciones establecemos y a qué experiencias los exponemos, pero es mucho más  importante quiénes somos cuando ellos nos observan. Y observan desde el principio. (…)

Jones, Gerard: Matando monstruos. Por qué los niños necesitan fantasía, super-héroes y violencia imaginaria

(…) Un niño dice “creo que te quiero” y nos parece encantador. Pero si dice “me entran ganas de matarte”, le decimos que no, que no puede sentir eso. De esta forma, cuando un niño debe afrontar un conflicto real en la vida y le invade la rabia, no sabe qué hacer con ella.

Jones, Gerard: Matando monstruos. Por qué los niños necesitan fantasía, super-héroes y violencia imaginaria

(…) Tenemos tanto miedo de que los niños se descontrolen, o de que escojan algún camino sobre el que no podamos hacer nada, que olvidamos de cuán poco control disponen. (…)

(…) uno de los desafíos a los que se enfrentan los niños es aprender a distinguir entre la fantasía y la realidad. Una de nuestras tareas más importantes como adultos es ayudarles a realizar correctamente esta distinción. La forma de hacerlo es dejarles tener sus fantasías.

“De repente”, me dijo Gina, “fui consciente de que ¡había sido yo la que durante todo este tiempo había confundido la realidad y la ficción! Tengo un niño pequeño con una espada de plástico, y le digo: Esto puede convertirte en una persona violenta. Piensa en la confusión que eso produce cuando eres niño. En vez de oír decir a tus padres que se trata de un juguete, que es fantasía, que no esconde ningún peligro real, que tú tienes poder absoluto sobre él, escuchas que ese juguete los aterroriza, que es más poderoso de lo que tú eres y que ¡te va a convertir en un asesino!”

Gina me contó que desea que sus hijos entiendan que pueden imaginar cualquier cosa, fingir cualquier cosa, querer cualquier cosa. En su imaginación, pueden estar tan furiosos con alguien como quieran, suponen que lo derriban de un disparo o que lo aplastan con una apisonadora, lo que sea. Lo único es que no deben hacerlo. “Enseñarles la diferencia entre pensar y hacer es mi principal tarea, pero si mis temores les dicen que a lo que están jugando o lo que están viendo por televisión es equivalente a violencia real, la diferencia queda hecha añicos”. 

Jones, Gerard: Matando monstruos. Por qué los niños necesitan fantasía, super-héroes y violencia imaginaria

Los niños anhelan la violencia fantástica por muchas razones, pero uno de los motivos por el cual la prefieren cruda, dura y agresiva es que la necesitan para sentirse fuertes y superar así su ira y su ansiedad. A lo largo de los últimos cuarenta años, el ocio de contenido violento se ha hecho más intenso y más explícito porque la realidad a la que se enfrentan los jóvenes se ha hecho, a su vez, mucho más intensa y explícitamente violenta. Lo que los telediarios están dispuestos a mostrar (y lo que los padres están dispuestos a debatir cuando sus hijos los escuchan) proporciona a los jóvenes pensamientos e imágenes tan fuertes que, para lidiar con ellos, los jóvenes necesitan imágenes fantásticas igual de intensas. Conmocionarse con una imagen dentro de los confines seguros de la fantasía puede ayudarles a aprender a no vivir asustados a lo largo de su vida. Ésta es una de las razones por las cuales los niños mayores se enseñan a sí mismos y a los demás que el gore más atroz es guay. Pensar en la brutalidad real les atormenta; tranquilizarse ante una versión imaginaria de ella les ayuda a controlar mejor esos pensamientos.”

Jones, Gerard: Matando monstruos. Por qué los niños necesitan fantasía, super-héroes y violencia imaginaria

La cultura japonesa hace mucho más hincapié en los papeles tradicionales de los sexos que la moderna cultura estadounidense. Sin embargo, los japoneses apenas se han fijado en las implicaciones sociales o ideológicas del entretenimiento infantil. Se han centrado más en dejar que el contenido de sus historias lo dictaran los gustos de los niños y no las preocupaciones adultas sobre lo que “deben” transmitir. La cultura japonesa siempre ha sido especialmente tolerante con los elementos fantásticos, y sus formas más elevadas de arte y de disciplina espiritual se han apartado de interpretaciones literales. (…) 

El ocio infantil japonés ofrece fantasías más complejas e incluyentes que las nuestras, y los niños estadounidenses responden a ellas con entusiasmo. Hollywood inventó el género del monstruoso-gigante-radioactivo-ataca-la-ciudad con El monstruo de tiempos remotos en 1951, pero sus creaciones acaban invariablemente con la destrucción (para los adultos, placentera) del monstruo por parte de la policía o los militares. Los productores japoneses siguieron la misma fórmula con el primer Godzilla (1954), pero luego se dieron cuenta de lo que Hollywood no quería o no era capaz de ver: a los niños les encantaban los monstruos, no las fuerzas del orden. (…) A principios de la década de 1960, los monstruos japoneses se ganaban la admiración del público, resultaban simpáticos, incluso adorables, y al final siempre sobrevivían. Los productores estadounidenses siguieron matando a sus monstruos hasta que el género tocó fondo, pero los japoneses crearon un producto popular internacional que todavía hoy es valorado.

Jones, Gerard: Matando monstruos. Por qué los niños necesitan fantasía, super-héroes y violencia imaginaria

(…) Si un niño o una niña no juega a las peleas, su agresividad saldrá a relucir en sus relatos o en otras fantasías. Para algunos niños, estos canales serán suficientes, pero a menudo no lo son; en esos casos, los niños pueden tener dificultades para descargar su agresividad, pueden dejar que ésta se transforme en un asunto crucial y acabar reflejándola en sus relaciones sociales y expresándola en formas menos constructivas. “Es en este punto donde encontramos a los niños demasiado agresivos o que están tan asustados de su propia agresividad, que la interiorizan. Es mejor que los niños aprovechen todas las formas seguras de expresar su agresividad que existen.

Es fácil perderse en el debate sobre si la agresividad es algo innato o aprendido. Pero este dato no afecta la realidad de la infancia. Tanto si nacemos con una agresividad que necesita expresión como si aprendemos una agresividad que necesita comprensión, la lógica de la vida hace que la agresividad sea algo inevitable. Expresa nuestra necesidad de sentirnos fuertes y funciona como una respuesta a un mundo imperfecto, una respuesta que nos fortalece. La agresividad, sin embargo, también acarrea peligros. Los niños se enfrentarán a ella y la sentirán, y deberán hacer algo al respecto. Jugar con ella la hace menos espantosa, y permite a los más jóvenes asumir el control de la situación.

La agresividad no es fácil de controlar. Las manos vuelan, los críos se pegan y saltan las lágrimas. Pero estas experiencias también pueden ser valiosas. (…) Un incidente desagradable es una buena oportunidad para que el niño vea la relación que hay entre sus impulsos, sus acciones y las consecuencias de éstas en el mundo real. Si no ejercita esta relación, es posible que acabe temiendo que sus impulsos sean demasiado fuertes o no sabiendo cómo enfrentar situaciones de gran tensión cuando se las encuentre delante. Trabajar con la agresividad infantil es mucho más útil que prevenirla.

Jones, Gerard: Matando monstruos. Por qué los niños necesitan fantasía, super-héroes y violencia imaginaria

(…) incluso los niños mejor protegidos y más apoyados por sus padres deben luchar cada día con todo lo que les recuerda cuán pequeños e indefensos son todavía. (…)

(…) El juego ofrece a los niños una nueva perspectiva desde la cual observar sus frustraciones: “Un problema no parece tan inabarcable cuando se lo compara con lo que Supermán o la Mujer Maravilla son capaces de hacer”. Los juegos de fantasía “expresan sentimientos sexuales y agresivos, esperanzas y terribles frustraciones relacionadas con las realidades del pasado o del presente”. Capacita a los niños para manejar y reducir la tensión de sus sentimientos, desplazando el objeto de sus deseos o temores; un niño que quiera castigar a sus padres se siente más seguro aporreando monstruos con un Power Ranger. “Se ha observado desde hace años que los niños juegan para sentirse mejor” (…). Cuando representan historias con sentimiento, liberan gran parte de la intensa emoción que se ha generado en torno a sus conflictos internos o a sus experiencias con los sucesos externos”.

Las fantasías sobre cualquier clase de poder pueden ser estimulantes antídotos para el dolor de la vida. (…)

Jones, Gerard: Matando monstruos. Por qué los niños necesitan fantasía, super-héroes y violencia imaginaria

En 1263, un sacerdote llamado Pedro de Praga, que celebraba la Eucaristía en la ciudad italiana de Bolsena, partió la hostia y ésta apareció como manchada de sangre en su interior. En los años posteriores, fueron innumerables los sucesos que se consideraron como milagrosos y que se relacionaron con la hostia “ensangrentada”. La noticia del suceso se propagó rápidamente por toda la cristiandad y hizo que, aún hoy, casi ochocientos años después, la pequeña ciudad cercana a Roma sea internacionalmente conocida. Pero hace ya muchas décadas que se descubrió un hongo microscópico que, mezclado con la harina, adquiere aspecto de sangre coagulada. Los científicos que realizaron el hallazgo en el siglo XIX intuyeron la relación que podía existir entre el hongo y la hostia del que se conocía como milagro de Bolsena, y lo bautizaron como micrococcus prodigiosus.

Me parece que siempre habrá un hongo, una explicación, una relación causa-efecto que la ciencia aún no haya descubierto o ni siquiera llegue nunca a descubrir. (…)

Novella, Clemente: ¿Dónde está Dios, papá? Las respuestas de un padre ateo

El jueves, 11 de marzo de 2004, fue un día que no olvidaremos ninguno de los que lo vivimos de cerca. Varios terroristas suicidas, radicales islamitas, consiguieron hacer explotar diez bombas en cuatro trenes de Madrid, acabando con la vida de ciento noventa y una personas. Hubo casi dos mil heridos. ¿Cómo puede haber personas que cometan semejantes barbaridades?, nos preguntábamos todos. Pues, entre otras cosas, porque creen que, de esa forma, entrarán y vivirán para siempre en un paraíso, era la respuesta que a mí me parecía más obvia. Y “¿cómo alguien puede llegar a creer eso?”, se interrogaba a sí misma en voz alta una mujer que se encontraba junto a mí. Pues porque se lo han hecho creer. Porque se lo han hecho escuchar, leer, salmodiar, recitar, cantar y repetir la suficiente cantidad de miles de veces. ¿Cómo puede un testigo de Jehová negar una transfusión a un ser querido, provocando así su muerte, porque sus creencias religiosas se lo impongan basándose en unos versículos del Génesis que hablan sobre la sangre? ¿Cómo puede un mormón creer fervientemente que los indios del continente americano tienen la piel rojiza a consecuencia de un castigo divino? ¿Cómo puede alguien dar por cierto que su alma va migrando de un cuerpo a otro tras la muerte? ¿Cómo puede alguien creer que, en algún lugar del cielo, hay un padre afectuoso de barba blanca que mira con parsimonia todo lo que nos sucede por aquí abajo? ¿Cómo puede alguien creer que le ha desaparecido el dolor de muelas por haber encendido una vela al santo de su devoción? De nuevo, la que a mí se me antoja como respuesta a todas estas cuestiones es: porque se lo han hecho repetir, de niños, el suficiente número de veces.

Novella, Clemente: ¿Dónde está Dios, papá? Las respuestas de un padre ateo