subrayo mis libros con un boli azul celeste

(…) Sé tú mismo (o tengo que ser yo mismo) se enseña como una irreprochable máxima de conducta. (…) a menudo se invoca en abierta disculpa de la propia torpeza moral, como si ésta fuera un fruto forzoso de la fatalidad. Uno es como es, qué le vamos a hacer; cada cual es cada cual, y yo sé lo que me hago. En tan solemnes tautologías se encierra la trampa de que el sujeto, so capa de obligada fidelidad a sí mismo, encubra una indolencia o cobardía culpables ante la permanente tarea de su humanización. Y digo “culpables” para no señalar a quien ha equivocado su conducta, sino al que la blinda contra todo cuestionamiento y se obstina en mantenerla tan sólo porque es la suya. Al final, en lugar de aceptar las diferencias entre los sujetos valiosos, se instaura la diferencia como el máximo valor. Lo que importa no es ser mejor, sino simplemente uno mismo; lo que queda es la pura indiferencia hacia los valores. Es la arrogante clausura de este yo ensimismado lo que llama la atención. “Los demás forman al hombre”, sentenció Montaigne, pero aquel fiel a sí mismo está en el mundo como quien nada tuviera que aprender de los otros y todo lo necesario para su perfección lo llevara consigo.

Arteta, Aurelio: Tantos tontos tópicos

(…) de momento, dentro de ciertos límites es posible acortar o alargar la vida, pero -tal como apunta Philippe Ariès- “ello depende de la voluntad del médico, de los equipamientos del hospital y de la riqueza de la familia o del Estado”. El médico resuelve cada caso en función de cuatro parámetros: “el respeto por la vida, que incita a prologarla indefinidamente; la humanidad, que incita a abreviar el sufrimiento; la consideración de la utilidad social del individuo -si es joven o viejo, célebre o desconocido, digno o degradado-; y el interés científico del caso”. A partir de cierto momento en que ya no se puede prolongar más la vida, ha de renunciarse a ella: el moribundo terminal no es más que el testimonio vergonzoso de la derrota de la ciencia, y deja de tener estatus porque carece de valor social. Y en lo tocante al suicida, ¿qué valor social puede tener quien rechaza la sociedad y decide abandonarla?, ¿no es el suicida entonces, a ojos de esta sociedad, el más indigno y degradado? Un encamado erizado de tubos y agujas, condenado a meses y aun años de una vida inferior, es un objeto privado de voluntad. La ética médica, en general, con la excusa de que la medicina trabaja pro defensa de la vida, se desentiende del lamento agónico del que es mantenido en ella contra su voluntad; y no digamos ya de quienes no estando físicamente enfermos pero sí tal vez terminalmente cansados o sencillamente aburridos, conscientemente y “en plena posesión de sus facultades” (o no) deciden acabar con su vida y exigen para ello un método no doloroso, una receta que les posibilite una Muerte Suave, tal como exigía Claude Guillon. ¿Qué hay de a quienes corresponde una irreductible voluntad de morir? No hablamos aquí en absoluto de eutanasia, sino de la decisión de quien, enfermo o no, quiera salirse de la vida. En fin, el Derecho civil o eclesiástico no es cosa que al suicida haga variar lo más mínimo su posición: morir fuera de la Ley, cuando la Ley no le ampara ni contempla su derecho a morir, le es absolutamente indiferente… (…)

Vacaciones en Polonia [3]: Suicidios y Literaturas

La ciencia contribuye a aferrarse a la vida con avaricia. Al retrasar la hora de la muerte (y prolongar en muchos casos la agonía de las enfermedades), los adelantos de la medicina tratan de arañar unos minutos más de permanencia en este mundo, aunque a partir de cierto día vivir no sea más que sobrevivir… Pero, ¿para qué la longevidad? Inmersos en una cultura orientada hacia las excelencias de la salud y la juventud, gastamos fortunas en prolongar la vida (tal vez porque, al decir de Robert Fulton, se piense que “mientras los viejos vivan, los jóvenes no moriremos) y se congelan cadáveres por el método de suspensión criónica con la esperanza de que algún día revivan. Un reciente editorial del periódico ABC defendía el “derecho a la vida” por encima del de decidir sobre ella. Vivir como sea, esa parece ser la consigna; y por supuesto sabemos para qué… Poco importa entonces la calidad de esta vida -que bien poco tiene que ver con la “calidad de vida” y el “estado del bienestar” tal como contempla el sistema espectacular-capitalista, que diseña y orquesta el entrenamiento en el consumo y crea los hábitos de su necesidad-, sino más bien su cantidad. “Toda vida es sagrada, incluso la falsa”, llegamos incluso a leer en el mismo periódico; es decir, otorgada por un dios, la vida -y la libertad- queda reducida a la obtención de un trabajo, la elección del candidato de turno, el nuevo modelo de detergente, potingue, ropa, automóvil, plan vacacional o aparato reproductor de entretenimiento programado, permitido, en nombre de una sociabilidad que tranquiliza nuestras conciencias a base de sustitutos, exacerbado sentido de la ceremonia y consumo conspicuo.

Vacaciones en Polonia [3]: Suicidios y Literaturas

Ruth Menahem, quien lleva años tratando sobre la dificultad del ser humano para aceptar su condición de mortal, señala que: “La evocación de la muerte anuda los lazos entre el suicida y su entorno. El candidato al suicidio actúa como un despertador de culpabilidad: hace que los otros reconozcan sus propios deseos inconscientes de muerte; todos se sienten afectados, pues si la muerte es preferible a la vida, es porque la vida resulta demasiado penosa. La conducta suicida revela así la quiebra de todo el sistema. Por esta razón la mayoría de las sociedades condenan el suicidio. Por ello también se hace absolutamente necesario encontrar para el suicidio una causa distinta al deseo de morir, que no es aceptable”.

Vacaciones en Polonia [3]: Suicidios y Literaturas

(…) El suicida de los tiempos modernos y posmodernos no es un héroe como antaño, ni un poeta desgarrado con ansias de Absoluto como en el romanticismo, ni un proletario desesperado como en el siglo XIX, sino un inestable, un enfermo que cae en la irracionalidad en tiempos de racionalización extremos, y un inadaptado (a la maquinaria social, porque inadaptados lo somos por naturaleza) al que le falta un tornillo o tiene un circuito defectuoso, ya sea el afectivo, el participativo, el sumiso… (…) Aunque los suicidólogos reconocen que no todo suicidio es producido por una psicopatología, lo cierto es que la predadora psiquiatría viene arrogándose desde hace más de un siglo la cosecha producida en este terreno, desde que el suicidio empieza a relacionarse con la enfermedad mental, a finales del siglo XIX, y es usufructuado por la ciencia que lo considera entonces un “acontecimiento médico”. (…)

Vacaciones en Polonia [3]: Suicidios y Literaturas

El comportamiento de los individuos en sociedad ha venido rigiéndose por leyes emanadas primero de Dios y más tarde del Estado. Estos “administradores de muerte” son quienes se han venido otorgando históricamente el derecho a acabar “legítimamente” con la vida: la muerte es cosa demasiado grave para que se abandone a la iniciativa individual. ¿Por qué? Para los propietarios del mundo no hay otra razón para tanto querer mantener a la población con vida sino la necesidad de utilizarla, individual o macizamente, como mano de obra para sus designios. La vida humana, en esta civilización, sólo tiene valor en la medida en que represente un rendimiento económico, una posibilidad lucrativa, una ganacia -o que a eso contribuya-. El resto, lo gratuito, es un primitivismo a rechazar. Invirtiendo los intereses, muy en su sano juicio el suicida podrá alegar: la muerte, mi muerte, esa cosa demasiado importante para mí como para dejarla en manos de otras personas, como para abandonarla a iniciativa ajena, y sobre todo a iniciativa de la sociedad.

Vacaciones en Polonia [3]: Suicidios y Literaturas

A veces, Zypcia pensaba en el suicidio, pero seguía viviendo por mera curiosidad de lo que habría de ocurrir más tarde y de lo que Dios, impenetrable en sus inventos de tormento temporal, aún le reservaba (pues todos saben que el infierno no es más que el hastío eterno).

Witkiewicz, Stanislaw Ignacy: Insaciabilidad (Extracto citado en Vacaciones en Polonia [3]. Suicidios y Literaturas)

¿Para qué publicar (en estos tiempos abominables que corren)? ¿Para ganar dinero? ¡Qué ridiculez! ¡Como si el dinero pudiera ser la recompensa del trabajo! ¡Y podría serlo! Eso será cuando se haya destruido la Especulación. ¡Hasta entonces, no! Y, además, ¿cómo medir el Trabajo, cómo valorar el Esfuerzo? Queda, entonces, el Valor comercial de la obra. Habría que suprimir todo intermediario entre el productor y el comprador. De cualquier manera, esta cuestión es insoluble. Porque yo escribo (…) no para el lector de hoy sino para todos los lectores que puedan aparecer, mientras la lengua viva. Mi mercancía no puede ser, por ello, consumida ahora, porque no está hecha exclusivamente para mis contemporáneos. Mi trabajo queda por tanto indefinido, y en consecuencia impagable.

¿Para qué, entonces, publicar? ¿Para ser comprendido, aplaudido? Pero usted misma, la gran George Sand, usted sufre el aislamiento.

¿Hay hoy en día, no digo ya admiración o simpatía, sino la apariencia de un poco de atención por las obras de arte? ¿Cuál es el crítico que se lee el libro que debe reseñar?

Flaubert, Gustave: Correspondencia con George Sand (1866-1876)

El sueño es un sorbo de muerte que nos da -sin la molestia del desencanto, sin los estragos del alcohol y sin la pena de dejar el mundo sin conocer su enigma- el placer más completo, la dulzura inmaculada de no existir.

Gourmont, Remy de: Pasos en la arena

La mayoría de los hombres que hablan mal de las mujeres hablan mal de una sola mujer.

Gourmont, Remy de: Pasos en la arena